29 de abril de 2025 a las 09:40
Domina el Mundo en 99 Días
La imagen de Donald Trump como un pirómano político, fascinado por la destrucción del orden establecido, resulta inquietantemente precisa. A diferencia de las reformas que buscan mejorar un sistema, las acciones de Trump se asemejan más a una demolición sistemática, un incendio voraz que consume los cimientos de la política, la economía y las relaciones internacionales. No hay una reconstrucción planeada, solo la caótica satisfacción de ver arder el mundo que le precedió.
Este impulso destructivo se manifiesta en múltiples frentes. Desde la renegociación agresiva de tratados comerciales, pasando por la desestimación de los derechos humanos y el debido proceso, hasta los ataques a la libertad de expresión y a la prensa, la administración Trump parece empeñada en desmantelar las estructuras que han regido el mundo por décadas. Su mirada nostálgica hacia un pasado marcado por la intolerancia y el proteccionismo, evoca los oscuros fantasmas de los años 20 y 30, una época en la que el nacionalismo exacerbado y la falta de cooperación internacional condujeron al desastre.
La imprevisibilidad de Trump, sus constantes zigzagueos y contradicciones, añaden otra capa de complejidad a la situación. Como un malabarista que juega con fuego, lanza amenazas y propuestas contradictorias, generando incertidumbre y desconcierto tanto en sus aliados como en sus adversarios. Esta estrategia, que algunos interpretan como una forma de negociación, se asemeja más a un juego de azar, donde las consecuencias de un error pueden ser devastadoras.
La baja aprobación de su gestión, incluso en áreas que se consideraban sus puntos fuertes, como la economía, es un claro indicador del descontento generalizado. Sin embargo, la posibilidad de que Trump recapacite ante estas señales de alarma parece remota. Su narcisismo y su ambición desmedida, que incluso le llevan a coquetear con la idea de un tercer mandato, sugieren que está convencido de su propio "genio" y que no está dispuesto a ceder ante la presión.
El mundo observa con una mezcla de asombro e incredulidad el desarrollo de este incendio político. La reacción, lenta y dubitativa, refleja la dificultad de comprender la magnitud del desafío y de encontrar las herramientas adecuadas para enfrentarlo. La pregunta que nos queda es: ¿qué quedará del paisaje político y económico una vez que las llamas se apaguen? ¿Seremos capaces de reconstruir a partir de las cenizas, o el páramo resultante será irreconocible? La respuesta, por desgracia, aún está por escribirse. El tiempo, como siempre, será el juez implacable. Mientras tanto, la incertidumbre y la preocupación se ciernen sobre el futuro.
Fuente: El Heraldo de México