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29 de abril de 2025 a las 15:00
¿Compras para llenar un vacío?
El furor por los juguetes coleccionables como los Labubu, Ternurines y Monchichi ha desatado un debate que va más allá de una simple moda pasajera. Se cuestiona si este fenómeno se alimenta del consumismo o si, por el contrario, responde a una necesidad de conexión emocional y nostalgia en las generaciones Millennial y Centennial. Expertas en psicología analizan el impacto de estos objetos y su relación con el juego, la terapia y la construcción de la identidad en la era digital.
El juego, inherente a la naturaleza humana, se presenta como un factor clave para comprender esta tendencia. No se trata solo de una actividad recreativa, sino de una herramienta de regulación emocional presente a lo largo de toda la vida. Jugamos para divertirnos, sí, pero también para construir comunidad, incluso en la soledad. El juego nos conecta con la cultura, las reglas y la convivencia, representando un microcosmos de la sociedad.
Los juguetes coleccionables, en este contexto, ofrecen un espacio de placer y conexión con otros, facilitando la integración a grupos con intereses afines y la expresión de valores personales. Se convierten en símbolos de pertenencia y en un lenguaje compartido entre coleccionistas.
Más allá del aspecto social, estos objetos también pueden funcionar como un puente hacia nuestro mundo interior. La terapia con juguetes, por ejemplo, utiliza estos elementos para facilitar la expresión emocional, el autoconocimiento y el manejo de la ansiedad. Representan un vínculo con la infancia, esa etapa de vulnerabilidad donde los juguetes actúan como objetos de transición entre la realidad interna y externa, canalizando emociones y experiencias.
Los Labubu, Ternurines y Monchichi, con su apariencia tierna e infantil, invitan al cuidado y a la protección, reforzando el rol del adulto como protector. Permiten, de alguna manera, sentirnos "apachados" incluso en la soledad. Se produce una transferencia de emocionalidad, similar al vínculo con las mascotas, pero sin la responsabilidad de una vida a cargo.
Sin embargo, la línea que separa el apego emocional del consumismo puede ser difusa. El marketing, consciente del poder de la psicología, se ha apropiado de estos conceptos para impulsar las ventas. Se apela a la nostalgia, a la necesidad de conexión y al niño interior para promover la adquisición de estos objetos, generando en ocasiones una dependencia emocional que puede llevar a la compra compulsiva y al gasto excesivo.
La terapia de esquemas, que explora la historia personal desde la infancia, plantea que adquirir un juguete coleccionable puede ayudar a sanar heridas del pasado. No obstante, se advierte sobre el riesgo de reemplazar la conexión humana con la acumulación de objetos, creando una falsa sensación de seguridad y comodidad que puede derivar en codependencia.
El consumismo, impulsado por el marketing y la soledad propia de la era digital, fomenta la idea de que estos juguetes llenarán vacíos emocionales. A corto plazo, la compra genera satisfacción, pero a largo plazo pueden surgir consecuencias negativas, como problemas económicos y la acumulación de objetos que terminan en la basura, contribuyendo a la contaminación ambiental.
La neotenia, ese fenómeno en el que los adultos conservan características juveniles, también juega un papel importante en esta dinámica. El marketing explota esta tendencia, apelando a la ternura y a la necesidad de protección para atraer consumidores. Los juguetes coleccionables se presentan como una solución a la soledad creciente en un mundo hiperconectado pero, paradójicamente, cada vez más individualista.
La clave, según las expertas, reside en el equilibrio. Disfrutar del coleccionismo sin caer en el consumismo, reconocer el valor emocional de los objetos sin depender de ellos para llenar vacíos, y construir comunidad de forma auténtica, más allá de las redes sociales y las tendencias del mercado. Jugar, sí, pero con consciencia y responsabilidad, tanto con nosotros mismos como con el planeta.
Fuente: El Heraldo de México