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28 de abril de 2025 a las 17:20

Justicia para mi hijo: 10 minutos de horror

La tragedia ha golpeado a la familia de Erick, un niño de apenas 13 años que soñaba con un futuro brillante, truncado repentinamente tras un campamento con la Academia Militarizada Ollin Cuauhtémoc. El dolor de Érika Torbellin, madre de Erick, es palpable, desgarrador. Su testimonio estremece: un relato de presuntos golpes, maltratos y una cadena de omisiones que culminaron con la irreparable pérdida de su hijo. "Me lo mataron," declara con una voz quebrada por la angustia, una acusación directa que exige justicia y respuestas.

La versión oficial de la academia, un desmayo seguido de atención médica, contrasta dramáticamente con la realidad que Érika denuncia. Las lesiones en el cuerpo de Erick, órganos y vísceras reventadas, según su testimonio, pintan un cuadro brutalmente distinto. Una imagen que se aleja de la supuesta asistencia médica y se acerca a un escenario de violencia inaceptable. La discrepancia entre ambas versiones levanta una polvareda de interrogantes que exigen ser esclarecidas.

El silencio inicial de la academia, roto finalmente por un comunicado en redes sociales, no ha hecho más que alimentar la indignación y la desconfianza. El mensaje, lleno de condolencias y promesas de apoyo, se percibe vacío ante la gravedad de las acusaciones. La falta de transparencia sobre las causas del fallecimiento, escudándose en una investigación en curso, deja un sabor amargo y genera aún más sospechas. ¿Qué se esconde tras ese hermetismo? ¿Qué intentan ocultar?

El testimonio de Érika se ve reforzado por las voces de otros alumnos que, tras la muerte de Erick, se han atrevido a romper el silencio. Sus relatos, aún fragmentados, hablan de un ambiente de abusos y maltrato físico dentro de la academia. Un patrón de violencia que, presuntamente, se ha normalizado y tolerado durante demasiado tiempo. Estos testimonios, aunque requieren ser investigados a fondo, añaden una capa de complejidad y gravedad al caso, convirtiéndolo en un posible escándalo que podría involucrar a más víctimas.

La lucha de Érika por la justicia apenas comienza. En medio del dolor y la rabia, se enfrenta a una institución que, hasta el momento, se muestra evasiva y opaca. Su voz, sin embargo, se ha convertido en un grito de denuncia que resuena con fuerza en la sociedad. Un clamor que exige una investigación exhaustiva, transparente e imparcial. Un clamor que busca no solo castigar a los responsables, sino también prevenir que otras familias sufran la misma tragedia. El caso de Erick nos obliga a reflexionar sobre la seguridad y el bienestar de nuestros niños y adolescentes en instituciones que deberían protegerlos y educarlos, no causarles daño. Es un llamado urgente a la sociedad y a las autoridades para que se garantice la protección de los menores y se erradique cualquier forma de violencia en estos espacios. El recuerdo de Erick debe ser un motor para el cambio, para la construcción de un futuro donde la infancia sea sinónimo de seguridad, respeto y oportunidades.

Fuente: El Heraldo de México