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28 de abril de 2025 a las 09:30
Despejado, pero no seguro: un rayo te impacta
Imagina que estás caminando por la calle, un día soleado, sin una sola nube en el cielo. De repente, un trueno. Un relámpago te parte la cabeza, metafóricamente hablando, claro. ¿Te ha pasado? Esa sensación de que la vida te da un volantazo sin previo aviso, dejándote en un estado de shock emocional. Una noticia inesperada, una ruptura repentina, una traición que te rompe en mil pedazos, un fracaso estrepitoso, un recuerdo doloroso que emerge de las profundidades, una pérdida que te deja sin aliento, un beso robado que te descoloca, un golpe de suerte que te deslumbra… Un sinfín de posibilidades que irrumpen en tu cotidianidad como un rayo en un día despejado.
En ese instante, el mundo sigue girando, ajeno a tu tormenta interior. Te quedas paralizada, intentando mantener la compostura mientras un huracán de emociones te azota sin piedad. Miedo, rabia, tristeza, pasión… una mezcla explosiva de sentimientos que creías enterrados, silenciados, o incluso, desconocidos hasta ese preciso momento. Y te ves obligada a lidiar con ellos, a navegar en ese mar embravecido sin un mapa, sin un timón, sin saber siquiera a dónde te diriges.
Nos gusta creer que tenemos el control, que la vida transcurre según nuestros planes. Pero la realidad es que no todo es predecible, ni controlable. Hay momentos en los que simplemente nos toca sentir, sin anestesia, sin buscar explicaciones lógicas, sin intentar racionalizar lo irracional. Aceptar que esas emociones, por más incómodas que sean, tienen derecho a existir, aunque no encajen en la imagen perfecta que teníamos de nuestra vida. A veces, la certeza de que algo o alguien es para nosotros se desvanece como el humo, y nos damos cuenta de que un lugar, por más cómodo que sea, no es nuestro verdadero hogar.
Estos episodios, por más dolorosos que sean, son una oportunidad para conectar con nuestra esencia, con esa parte de nosotras que intentamos ocultar, incluso de nosotras mismas. Nos recuerdan que no somos seres invulnerables, sino resilientes, capaces de levantarnos una y otra vez, de aprender de las caídas, de reconstruirnos a partir de los escombros. El huracán no es el final, sino la posibilidad de un nuevo comienzo, de una transformación profunda. En esa grieta, en ese dolor, reside una versión más auténtica, más fuerte, más sabia. Y una oportunidad para crecer, para evolucionar, para descubrirnos a nosotras mismas en una dimensión más profunda.
Presta atención a la emoción. No la ignores, no la reprimas. Respira hondo, siéntela en toda su intensidad, intenta comprender su origen, su mensaje. ¿Qué te está intentando decir? ¿Qué necesitas aprender de esta experiencia? Ahí reside la clave, la respuesta a una pregunta que quizás ni siquiera sabías que te estabas formulando.
En el ámbito profesional, donde la vulnerabilidad se percibe a menudo como una debilidad, estos momentos pueden ser especialmente difíciles. Sin embargo, la verdadera fortaleza reside en la capacidad de aceptar nuestras emociones, de procesarlas con integridad, sin pretender ser invencibles. Ser líderes no significa tener todas las respuestas, sino saber navegar en la incertidumbre, sostenernos con dignidad mientras buscamos soluciones, y acompañar a otros cuando les toque atravesar sus propias tormentas.
No tienes que reaccionar de forma perfecta, ni tener un plan de acción inmediato. Simplemente respira. Permítete sentir, aunque duela. Acepta que este evento, por más injusto o desconcertante que sea, te va a transformar. Y recuerda que esa transformación, ese movimiento interno, es la prueba inequívoca de que estás viva, de que eres capaz de sentir, de aprender, de crecer. No le temas a la intensidad de tus emociones. En ese caos, en esa sorpresa, se esconde una verdad profunda, una oportunidad para conectar con tu ser más auténtico. Entre el dolor y el coraje, estás tú. Y eso es todo lo que importa.
Fuente: El Heraldo de México