26 de abril de 2025 a las 09:10
¿Duele? Supera el desamor sin explicaciones.
La coherencia en política, un tema escurridizo como anguila enjabonada. Pareciera que la brújula moral y la toma de decisiones se rigen por las veletas del oportunismo, girando al son del viento electoral. ¿Acaso la búsqueda del poder justifica cualquier metamorfosis, cualquier contradicción? La reciente postura de la presidenta (con A), respecto a su ausencia en el funeral del Papa Francisco, nos invita a reflexionar sobre la fragilidad de los argumentos y la volatilidad de los principios en el árido terreno de la política.
La mandataria se escuda en la hipotética crítica que hubiera recibido de haber asistido al sepelio, un "nos quieren" que resuena a lamento infantil, a una queja lastimera que elude la responsabilidad de un liderazgo firme y coherente. ¿A quién se refiere con ese "nos"? ¿A su persona, a su partido, al gobierno en su conjunto? La ambigüedad del pronombre deja un espacio abierto a la interpretación, una nebulosa que oculta la verdadera razón tras la decisión.
Más allá del clamor popular, de la aprobación o el rechazo, existe la obligación de actuar con congruencia, de fundamentar las decisiones en principios sólidos y no en el temor a la crítica. Las relaciones internacionales, la diplomacia, no pueden ser un juego de apariencias, un baile de máscaras donde se asiste o se ausenta según la conveniencia del momento. El funeral de un Jefe de Estado, con el cual se mantienen relaciones diplomáticas, trasciende la simpatía o la antipatía personal. Es un acto protocolario, un gesto de respeto a un Estado soberano, a un pueblo que ha perdido a su líder.
La justificación de la presidenta (con A) se desmorona ante el peso de su propia inconsistencia. Si la crítica es el único motor de las decisiones, entonces estamos ante un gobierno a la deriva, un barco sin timón que navega a ciegas en el mar embravecido de la opinión pública. Gobernar implica tomar decisiones difíciles, impopulares incluso, pero siempre basadas en la razón, en el bien común, y no en el cálculo mezquino de la aprobación.
El "nos quieren" se convierte en un eco vacío, en un pretexto que esconde la verdadera motivación: el pragmatismo político. La asistencia al Vaticano en 2004, la búsqueda de la foto con el Papa Francisco, contrasta con la ausencia en el funeral. ¿Qué ha cambiado? ¿Acaso el fervor religioso se desvanece cuando las urnas electorales se cierran?
La política, sin duda, es un terreno complejo, un escenario donde se libran batallas sin cuartel. Pero la honestidad, la transparencia, la coherencia, deben ser los faros que guíen el camino, los principios inquebrantables que iluminen la oscuridad. De lo contrario, la política se convierte en un juego de sombras, en un laberinto de espejos donde la verdad se distorsiona y la confianza se pierde. Y en ese juego, todos perdemos.
Fuente: El Heraldo de México