19 de abril de 2025 a las 09:30
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La tensión se palpaba en el aire yucateco. La inminente huelga de CUSESA, la constructora, tenía a los empresarios al borde de un ataque de nervios. Habían acudido al gobernador Loret de Mola con la urgencia de quien se ahoga, exigiendo medidas drásticas. La figura de Efraín Calderón Lara, "Charras", asesor de los trabajadores, se erigía como el principal obstáculo para la paz social que tanto ansiaban. "Sáquenlo del estado", fue la orden tajante del coronel Gamboa, jefe de la policía, desatando una cadena de acontecimientos que se teñirían de oscuridad.
La presión de los industriales, encabezados por Mario Tavira, de la Cámara de la Construcción, y Castellanos, de CUSESA, resonaba en los oídos del gobernador. “Nos trae de cabeza”, le espetaron, demandando un fin a la incertidumbre. Loret de Mola, retratado por él mismo en sus “Confesiones de un Gobernador”, se encontraba en una encrucijada. Frente a él, la figura imponente del coronel Gamboa, un hombre de profunda fe católica, que cargaba la Biblia en una mano y la 45 en la otra. Un hombre de contrastes, capaz de la devoción más ferviente y de la acción más implacable.
El plan para neutralizar a Charras se puso en marcha con la precisión de un reloj suizo. Cincuenta mil pesos para cada uno de los oficiales involucrados y veinte mil para sus ayudantes, una suma considerable para la época, fue la promesa que endulzó el operativo. El coronel Gamboa, con su peculiar mezcla de religiosidad y pragmatismo, delegó la tarea a Chan López, Marrufo y Cicero. La maquinaria policial, engrasada con la promesa de la recompensa, comenzó a girar.
Marrufo, a su vez, transmitió las instrucciones a Francisco Pérez Valdez, el eslabón final de la cadena: localizar, seguir y secuestrar a Charras. La orden, fría y concisa, dejaba poco margen a la interpretación. Pérez Valdez, obediente, cumplió al pie de la letra. Localizó a Charras, lo abordó, le apuntó con su arma y le ordenó tirarse al suelo. La suerte del líder laboral estaba echada.
Mientras tanto, la desaparición de Charras generaba una ola de protestas. Estudiantes y obreros exigían su aparición con vida. La presión aumentaba y el coronel Gamboa, con la frialdad de un jugador de póker, le comunicó al gobernador la noticia: "El pobre muchacho se les ahogó en la cajuela del carro… el cuerpo está en el monte más intrincado de Quintana Roo”. Una explicación tan inverosímil como macabra. Un intento torpe de encubrir un crimen que clamaba justicia.
El 10 de abril, en la cárcel de Chetumal, el coronel Gamboa recibía al reportero de Excélsior. "Soy inocente", declaró con cinismo, "lo único que quise fue paz para el estado". Una paz construida sobre la violencia, la intimidación y la mentira. Una paz que dejaba un sabor amargo en la boca y una pregunta sin respuesta: ¿hasta dónde llega la ambición por el poder? La historia de Charras, silenciada a la fuerza, se convertía en un símbolo de la impunidad y la corrupción que asolaban al país. Un recordatorio de que la justicia, a veces, se esconde en los rincones más oscuros del poder.
Fuente: El Heraldo de México