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15 de abril de 2025 a las 09:30
Domina el arte del narcocorrido
La delgada línea que separa la libertad de expresión de la apología del delito se vuelve cada vez más borrosa en nuestra sociedad. ¿Es lícito ensalzar figuras criminales, convertirlos en héroes a través de la música, y presentarlo como arte? ¿Dónde está el límite entre la expresión artística y la glorificación del delito y el delincuente? La búsqueda de sociedades sanas, ¿nos obliga a censurar estas expresiones o debemos tolerarlas en nombre de la libertad creativa?
Personalmente, me cuesta encontrar argumentos que justifiquen la creación y difusión de canciones que, más allá de la música en sí, en sus letras, abonan a la descomposición social. La popularidad de los narcocorridos es un síntoma preocupante. No solo trastocan valores fundamentales de cohesión social, sino que también contribuyen a la confusión de quienes, inmersos en un contexto de violencia normalizada, pierden la capacidad de dimensionar el daño real que inflige el crimen organizado.
Y es que la música, con su innegable influencia, no es la única responsable. El ambiente de descomposición social que permea el país, reproducido y amplificado por las narcoseries que invaden nuestros hogares, también juega un papel crucial. ¿Acaso estas producciones audiovisuales, bajo el amparo de la libertad de expresión, no son también una forma de apología del delito? ¿Un negocio lucrativo para algunos, como Epigmenio Ibarra, que indirectamente invita a una vida de lujos, aunque cimentada en la muerte y la destrucción?
El caso del éxito de "El del Palenque" de Los Alegres del Barranco, tras su presentación en Guadalajara, alcanza la cima de las listas de Billboard, es un ejemplo contundente. Este fenómeno revela una preocupante aceptación social de la glorificación del narcotráfico. No se trata simplemente de gustos musicales, sino de la normalización de valores distorsionados.
La violencia desatada en el palenque de Texcoco, donde la audiencia reaccionó de forma agresiva ante la ausencia de narcocorridos en el repertorio, es un reflejo de esta problemática. La defensa de este género musical, amparada en la libertad de expresión, no puede justificar la destrucción de la propiedad ajena. Estos actos vandálicos, al igual que el homenaje a El Mencho en Jalisco, trascienden la simple preferencia musical; son una muestra de la erosión del respeto a la ley y a la convivencia pacífica.
El cantante Luis R. Conriquez acató las disposiciones del gobierno del Estado de México, evitando la apología de la violencia. Sin embargo, fue la audiencia la que, con su comportamiento, evidenció un profundo desprecio por la ley. La ironía es palpable: el artista se disculpó, mientras los asistentes continuaron impunes. Contrastando con la rápida acción de la justicia en Coachella, donde un hombre fue arrestado por una amenaza de bomba, nos preguntamos: ¿por qué la ley se aplica de forma tan dispar?
Se dice que tenemos el gobierno que merecemos. Aunque dolorosa, esta afirmación nos obliga a reflexionar sobre nuestra responsabilidad como ciudadanos. Los gobernantes son un reflejo de nuestra sociedad. El desprecio a la ley, a la propiedad privada y a las autoridades, visible en el concierto de Texcoco, lamentablemente se replica en las acciones de algunos altos mandos de la 4T.
Ante esta realidad, es urgente invertir en educación, en la construcción de una cultura cívica sólida y en el respeto al Estado de derecho. ¿Qué medidas concretas está tomando el gobierno al respecto? ¿Se limita a restringir la difusión de estas expresiones o está abordando las causas profundas de esta descomposición social? La respuesta a estas preguntas es crucial para el futuro de nuestro país.
Fuente: El Heraldo de México